jueves, 12 de noviembre de 2020

Encuentro en el parque, en un otoño dorado - Capítulo 3 - Primera escala

 Decidí entrar en mi camarote y quizá tumbarme un rato en la cama y descabezar un sueño, al tiempo que veía la televisión, que para mí es el mejor somnífero que tengo. Pero no lo lograba porque una y otra vez, a mi cabeza llegaba la imponente figura del enigmático hombre diciéndome si había saciado mi hambre.

Aún estando a solas, mis mejillas se incendiaron por la vergüenza pasada. ¿ Cómo iba a explicarle que simplemente lo que deseaba averiguar era lo que comía para yo pedir lo mismo? Me creería aún más ridícula. 

Debía de ser un hombre rico, en dinero y en horas libres, ya que hacer un viaje de esta categoría, no es cualquier cosa,  y en su forma de vestir, se notaba que no tenía agobios para llegar a fin de mes, y que no haría como yo, darse ese gusto por una sola vez en su vida.  Nada que ver uno con otra. Suspiré pensando en lo injusta que es a veces la vida con las personas.

- Unas tanto y otras tan poco - me dije.

Me dirigí hacia el armario, y de mi maletín extraje un bloc, un rotulador verde y unos bolígrafos.  Haría un cuaderno de viaje. Anotaría una por una las escalas que iríamos haciendo, entremezclándolas con algún romance ficticio que mi imaginación crearía.

- ¡ Naturalmente !- pensé.- Ya tengo protagonista masculino, el individuo misterioso, y la femenina, ya me la sacaré de la manga. Como Irlanda es un pais mágico, de algunos de los lugares que visitemos, haré un cuento corto como si los personajes hubieran vivido en ese lugar. Me va a quedar precioso, y al menos pasaré entretenida algunas horas.  Y eso que me encanta acudir al salón y desde la ventanilla contemplar el maravilloso paisaje verde. ¿ Y por qué no lo hago? En esa parte del tren y a esta hora, hay pocas personas y además como siempre me pongo en un sitio yo sola, nadie me interrumpirá al verme que estoy trabajando. Sacaré fotografías que adjuntaré al texto.  Va ser un cambio radical en mi carrera, pero creo que acertaré.  Si cuaja, tendré el problema monetario resuelto para algunos meses. Nada, nada; me propongo disfrutar. Está visto que como mejor se trabaja y surgen ideas, es teniendo la mente despejada como ahora. Sin embargo cuando te falta dinero para cubrir los recibos que vencen, es difícil tener ideas grandiosas para que lo que escribas sea un éxito. Bueno, no dramaticemos; tengo asegurada mi vida durante al menos... seis meses, creo. Y quién sabe, si resulta lo que se me ha ocurrido, a lo mejor, me da para más. Y mientras tanto a ver si se me ocurre una gran historia que me haga repetir el éxito.

Estuve escribiendo casi toda la mañana.  Miraba el catálogo que nos habían dado al embarcar y por él conocía el itinerario a la perfección.  Lo ilustraban unas preciosas fotografías y de acuerdo a ellas y lo que viera en la excursión, mi imaginación pondría el resto.

La excursión resultó fabulosa.Cobh era como un cuento de hadas, con sus casas multicolores arropando su castillo.  Mi imaginación volaba a cien por hora, y por mucho interés que mostrara en atender al guía y a sus explicaciones, mi cabeza no paraba de ver los rostros de las personas que serían las protagonistas de esa primera escala. Me sentía cautivada y pensaba que era la mejor inversión que haría en mi vida. Si ésto era la primera parada ¿ cómo sería el resto?


Tan inmersa en mis pensamientos estaba, que no me dí cuenta que una voz susurraba en mi oído:

- La veo un poco dispersa. Si no presta atención no se enterará de nada 

Me giré rápidamente y la voz correspondía, ¡ cómo no ! a "ese hombre", o quizá sería mejor decirle acosador. Yo le ignoraba, y sin embargo era la segunda vez que se acercaba a mí.  En su cara una amplia sonrisa que fundía el hielo. ¡ Cómo podía ser tan guapo y tan insolente!

- ¿ Cree que no hago caso de las explicaciones, que no me entero? Hay una leyenda que dice que las mujeres podemos hacer dos cosas a la vez, al revés que los hombres que sólo pueden una a una. Para su información me estoy enterando.  Cojo datos para escribir un diario de viaje.

- ¿ Por eso realiza este viaje?

- Es una larga historia, pero no. Ese no es el motivo

- Estoy interesado. Cuéntemelo

- Estamos de excursión, señor mío, y necesito enterarme para mi argumento.

- Así que soy un señor suyo

- Déjelo. Está visto que se quiere burlar, pero no va a conseguirlo, créame.

- No es esa mi intención. Es usted una mujer fascinante. Sólo ha despertado mi curiosidad. Vamos a ser compañeros de viaje durante muchos días; siempre está sola, yo estoy solo ¿ por qué no juntamos nuestras soledades? Al menos para tomar un café de vez en cuando ¿ no le parece ?

- Tengo trabajo, lo siento

- ¡ Vamos, no es cierto ! Le ruego me disculpe si la he importunado, no es esa mi intención

- No me ha importunado, pero es la verdad. Yo trabajo para vivir

- Lo mismo que yo

- Sí, desde luego, tiene todos los síntomas.  Y perdone, como le he dicho he de hacer un catálogo y con su charla no me estoy enterando.  Ahora no.

-Está bien, ya me cayo, pero puedo estar a su lado sin hablar ¿ no?

- Eso depende de usted. Haga lo que quiera

Después de mantener esa conversación, y lo áspera que fuí con él, estuve pesarosa toda la noche. Se había mostrado simpático y ocurrente, pero también tenía todas las trazas de ser un conquistador que busca un ligue de viaje. Tenía que cortarle en seco si no quería tener un disgusto. Pero visto de cerca y escuchar su voz y su ironía, me arrepentí de no seguirle la broma; otra en mi lugar lo hubiera hecho.  Pero yo no estaba acostumbrada a lisonjas ¿ Se habría fijado bien en mi? Soy una chica vulgar como hay miles, a no ser que se encuentre aburrido, y sirva para distraerle durante el viaje. Y, vamos, soy pobre, pero no tonta, aunque creo que esta vez me he pasado de la raya.

Dí unos pasos hacia adelante, despegándome milímetros de él y procedí a atender las explicaciones del guía mientras recorríamos el castillo. Pero él lejos de dar media vuelta e integrarse en el otro grupo, permaneció a mi lado.  De reojo le veía que me miraba de vez en cuando, serio, muy serio y yo me preguntaba si acaso le habría enfadado.

Cuando salimos del castillo, hicimos un corto recorrido por el pueblo, que resultó muy agradable. Es un lugar precioso y pintoresco. Después nos llevaron a cenar a un restaurante típico del lugar, y cómo no, el misterioso acosador, se sentó a mi lado.
Los primeros momentos fueron de gran violencia para mi, pero me calmé porque entabló conversación con otra mujer que sentada a su lado, en el otro extremo, demostraba más desenvoltura que yo, y me dió rabia, que la conversación que mantenían era divertida y les causaba hilaridad, mientras yo permanecía en silencio leyendo la carta de la cena.  De repente se me había cortado el apetito. Miraba una y otra vez la lista de los platos a elegir y no encontraba nada que me apeteciera.
Como en un susurro, de repente, escuché su voz pegada a mi oído y que uno de mis mechones de pelo, estaba junto a su cara.

- Si lo deseas, puedo elegir por ti.  Veo que no conoces mucho los platos típicos del lugar

- Me sonreía satisfecho de sí mismo, con ironía y sabiendo muy bien a qué se refería, pero, a mi maldita la gracia que me hacía. Pero tenía razón no sabía lo que significaba cada plato. Y de repente me dí cuenta de que me había tuteado ¿ qué confianzas son esas?, pensé, pero no dije nada. Reconocí que me gustaba que lo hiciera, después de haber estado más de media hora conversando con la otra compañera de mesa. Me había elegido a mí, no sé si por pena al verme algo perdida, o por conmiseración por mi inexperiencia, en ambos casos sería muy posible, pero no me importó, al contrario, deseaba que me prestara atención, así que saqué mi lado simpático, que también lo tengo, y me dediqué a escucharle atentamente.

Comprobé que su conversación era variada y amena, y que yo me distendí y también estaba ocurrente, aunque pienso que lo que hacía era coquetear con él. En definitiva, dentro de unos días le perderé de vista, y mientras tanto voy a divertirme, que para eso he venido. ¿ Divertirme, con él? Estaba loca.  De lejos se notaba que era un hombre de mundo acostumbrado a grandes logros, no como yo ¿ Acaso se me han subido los humos porque me han pagado una novela ?

Durante el regreso al tren, se sentó a mi lado y por unos instantes, echó la cabeza hacia atrás y entornó los ojos. Pensé que estaba cansado o quizás aburrido; no era precisamente una divertida compañera de viaje.  Y sin embargo sí que lo era, pero este hombre tan abrumador, me sobrepasaba, me hacía sentirme insegura, bueno en realidad lo era, pero trataba de superarlo, pero él era el que me superaba a mi. No dije nada; volví la cabeza hacia la ventanilla del autocar y comencé a divisar las primeras luces del anochecer, una vista maravillosa, justo lo que yo necesitaba para mi cuaderno.  Saqué mi máquina de fotos e hice unas cuantas a medida que nos alejábamos de allí.  Miré hacia arriba y la magnificencia de su cielo me hizo   sonreír de admiración: el cielo tachonado de estrellas que bajaban casi hasta el mar para juntarse con la tierra. Me quedé embobada mirándolo, y no percibí que él también lo hacía, pero a mi rostro.

Había sacado su móvil y lo enfocaba hacia mí. Comencé a protestar, pero él fue más rápido y consiguió una foto mía. No quise saber cómo había salido, simplemente confié en que como lógicamente había salido mal, la borraría, y seguí mirando el paisaje.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Encuentro en el parque, en un otoño dorado- Capítulo 2 - Miradas que taladran

 Ni siquiera levantó la cabeza, ni hizo gesto para ver quién pasaba por su lado, al verle ahora de cerca observe que era joven, de unos cuarenta años, y por el tamaño del torso, se le veía de complexión fuerte. Alguien a quién seguramente le sobra el tiempo y al no saber qué hacer con él, se dedica a pasar media vida en los gimnasios..  De cabello castaño oscuro, pero por las sienes se entremezclaban algunos hilos blancos perdidos entre su pelo. Leía el apartado de finanzas y parecía muy interesado en ello. Y no me dio tiempo a  observar más. Entré en el vagón del comedor, y busqué una mesa para un solo comensal: No me apetecía tener compañeros de viaje, en ningún sentido. Hay algunos que pegan la hebra y no tejan en paz, sin apreciar que no siempre se tienen ganas de hablar, y máxime si la persona que te acompaña, aunque sea circunstancialmente, no tiene ningún interés para ti ni lo que cuenta. 

Hacia el final del comedor,  encontré una y hacia allí me dirigí. De inmediato, el maître me dio la carta para que eligiera el menú que deseaba.  Todo era muy pomposo, pero mi apetito era pequeño, y además  los nombres con que señalaban cada plato, eran demasiado rebuscados.  Simplemente desearía un filete con patatas fritas.  No estoy acostumbrada a tantas florituras en las comidas.  Al ser yo sola, con cualquier cosa sacio mi apetito, que la mayoría de las veces se trata de comida rápida rica en grasa y colesterol. Pero me da una pereza enorme hacerme la comida a mi regreso del trabajo, así que me acostumbré a ese tipo de comida, y tan campante. El comer un bocadillo era un extraordinario, y para mí eso era estar alimentada.

Pero de algo me servía: mi cuerpo se mantenía en forma, posiblemente por la poca cantidad que comía, o porque mis genes eran de excelente calidad y estilizaban mi figura.

Opté por pedir pescado, aunque no soy de pescado, pero al menos pensaba que era lo  mejor que había entendido de la carta. Una copa de vino blanco frío y una ensalada.  De postre una mousse de chocolate y un café cortado con una pizca de crema de leche. Yo misma me asombré:

-¡ No está nada mal ! Probaré cada día algo diferente. Creo que en el programa ponía que su chef era de estrellas Michelín, aunque lo cierto es que no sé lo que eso significa, pero bueno. ya lo averiguaré.

Terminaba el postre cuando entró el hombre misterioso, y me dirigió una mirada inclinando la cabeza.  Supongo que con ese gesto me diría " buen provecho" ó "feliz comida". No eso no, ya que estaba apurando la mousse. Bueno no sé, pero lo cierto es que pude apreciar que tenía unos bellos ojos azules, que contrastaban con lo oscuro de su pelo.

Encontró su mesa, en la que observé que había un pequeño cartelito reposando en ella,  que seguramente ponía "reservado", ya que en ninguna de las que componían el comedor, había nada igual. Me preguntaba si viajaría a menudo en este tren y por esa razón tuviera el comedor reservado, y sería muy posible que lo mismo ocurriera con el camarote. Se le veía distinguido y vestía muy bien e impecablemente. Traje gris oscuro, camisa blanca y corbata azul . Muy rasurado, es decir impecable.

- Seguro que él, no ha tenido que malvender una novela para poder permitirse un viaje como este. Además, en la forma de comportarse se nota que está acostumbrado a su ropa, a los viajes selectos... en fin a una vida de lujo.  En la forma de sentarse denota seguridad en sí mismo, sabedor de su poderío.  No como yo, que cuando pido alguna copa, procuro que no sea de mucho precio, aunque esté incluido en el billete, y lo que en realidad  me apetezca, sea una copa del champán más caro, siquiera para paladear  a qué sabe, ya que tiene tanta fama.  Pero al mismo tiempo pienso que tendrá  un precio muy alto y automáticamente lo rechazo.

Observaré a ver qué pide para comer, y de esta manera me oriento. Estoy sentada frente a él, pero distante, así que mucho no podré copiar, pero al menos por intuición lo lograré, aunque no quiero que me pille que le espío, me moriría de la vergüenza.

Pero me sorprendió  una de las veces, en que además, seguía su tenedor hasta su boca, y yo hacía el mismo  movimiento como si fuera a ser yo quién estuviera comiendo.  Se dio cuenta de ello y de pronto, se detuvo y se quedó mirando mi cara.  Seguro que estaba pasmada, avergonzada y roja como un tomate.  Aparté rápidamente la vista de él, y siguió como si tal cosa, pero yo deseaba que la tierra me tragara.

- Eso te pasa por estar metida siempre en casa.  No sabes comportarte en público.  No quiero ni pensar lo que estará pensando. Boba, más que boba-,  me recriminaba mi subconsciente.

Firmé la nota que me presentaban y deprisa, todo lo que pude, salí del comedor.  Estoy segura que sus ojos me siguieron hasta la puerta.  Esa noche, aunque no tenía sueño, no salí de mi camarote.  No quería encontrarme con esos ojos inquisitivos que me acusaran de ser una cotilla mal educada.  Lo malo es que el viaje seguía y seguiría  durante quince días, y hoy era el primero.

- ¿ Vas a pasarte todo el viaje aquí dentro?- me decía mi yo interior.  No me daba cuenta de que hacía los gestos que mi conciencia dictaba. Por ese defecto que tengo es que, el viajero desconocido, me había pillado in fraganti.

Dediqué el resto de la noche a ver televisión. Tuve la suerte  que proyectaran una serie muy buena de un asesino en serie, que ya había visto hacía tiempo, pero que no me importaba repetirla, porque al menos me entretendría, porque mucho dudaba que, si me durmiera ahora, me despertaría pronto y el resto de la noche estaría en vela.

Aunque conocía la trama de la serie, me fijé en el rostro del asesino que era de un actor nacido precisamente en Irlanda del Norte, cerca de donde yo nací.

- Bueno, se trata de un paisano-, pensé al tiempo que sonreía

Pero inevitablemente, no se me iba de la cabeza la mirada de aquél hombre y su asombro en su cara al verme que abría mi boca al mismo tiempo que la suya como si estuviéramos comiendo al unísono. Procuraría a la mañana siguiente evadirme de  algún encuentro inesperado con él; no me gustaría recibir una mirada que me dijera sin palabras:

- Qué, muchacha, ¿ te quedaste con hambre?

Apreté mucho los ojos, después de terminar el capítulo de la serie que estaba viendo, y zapeé antes de dormirme por si hubiera algo de interés, y como no encontré lo que me interesaba, apague el televisor, y me quedé dormida. 

Me desperté de pronto. Estaba soñando con muchas cosas confusas entremezcladas. Seguramente por la emoción de emprender el viaje y las novedades que ello contuviese, pero entre todas ellas destacaba alguien cuya efigie era totalmente borrosa, pero que mi subconsciente sabía a quién pertenecía. Me incorporé en la cama y fui hasta el baño: tenía una sed abrasadora.  Bebí un vaso de agua y volví a meterme en la cama,  Tardé un buen rato en de nuevo coger el sueño, pero al final, lo conseguí.

Y afortunadamente ya dormí toda la noche, sin sueños que me sobresaltasen ni nada parecido. Al despertarme recordé mi sueño, pero yo misma me dije:

- Bah, los nervios del viaje.  Eso fue todo; sigue con tu vida ¿ No querías ser independiente? pues sé independiente.

Decidida me dirigí al comedor para desayunar. Lo primero que miré fue al lugar en donde la noche anterior se había sentado el personaje enigmático, pero el servicio estaba aún en la mesa indicando que ya había sido usado. En el fondo lamenté que no estuviera. Pero por muy grande que fuera el tren, era un espacio limitado, y más pronto que tarde le encontraría. De no encerrarme en el camarote, sólo podía ir al bar o  alguno de los salones a ver televisión , leer o disfrutar del paisaje.  Así que pensé que en cualquiera de esos lugares, seguro que coincidiría. Respire aliviada y tomé asiento junto a uno de los ventanales para ver el paisaje.

Pero mi curiosidad por el personaje, no remitió. No se le veía por ninguna parte.  Entendí que quizá estuviera por trabajo, pero entonces ¿ a qué meterse en este tren totalmente turístico?

- Hay gentes muy raras-, me dije, y dejé de preocuparme por él.

Apareció de nuevo a la hora del almuerzo, cuando ya casi había terminado mi comida. Lo que menos podía esperar es que se acercase a mí y me dirigiera unas palabras:

-¿ Hoy no se ha quedado con hambre?

No supe qué responder. Sólo me limpié la boca suavemente con la servilleta y tragué saliva.  Él se marchó riendo en dirección a su mesa moviendo la cabeza.  Sin duda se reía de mí. ¡ Menudo papelón hice !, me dije interiormente.  Terminé el postre, apuré mi licor y me levanté toda digna sin mirarle cuando pasé junto a su mesa. Él siguió con la comida, vuelta la cabeza hacia la ventana saboreando el paisaje hermoso que se divisaba.  




domingo, 8 de noviembre de 2020

Encuentro en el parque, en un otoño dorado - Capítulo 1 - El traqueteo del tren

Algo somnolienta por el constante traqueteo del tren, miro absorta por la ventanilla el maravilloso paisaje que se dibuja. Voy sola en el departamento; me alegro de ello. No quiero entablar ninguna conversación con nadie, ya que nada se me ocurre hablar como no sea el tan manido tema del tiempo del que gozamos en la actualidad. Veo a lo lejos alguna casita perdida en el horizonte y algún perro que ladra a lo lejos a su paso del tren. Algún caballo que otro, ovejas pastando en algún prado y también vacas y yeguas dentro de una cerca. Nada  altera la paz del paisaje, salvo el largo pitido del tren anunciando que nos acercamos a alguna estación.

Toda mi vida había deseado hacer un largo viaje en este medio de locomoción, pero mientras trabajaba, las prisas, siempre evitaron ese transporte y cualquier otro que no fuera el que utilizaba para acudir al trabajo... Tenía que llegar pronto a cualquier sitio, aunque me aguardasen unas vacaciones, durante las cuales todo el mundo se relaja. Si, todo el mundo menos yo, siempre ansiosa y nerviosa.
Y es que las prisas eran el leitmotiv de mi vivir día a día.  Ahora ya no trabajo, lo dejé, dejé todo, y ahora me dedico a vivir la vida, ahora, cuando ya nada me ilusiona  ni nada me entusiasma.  Mi tiempo ya pasó. Soy una escritora que hacía de todo:  mis escritos, y algunas veces los  de los demás. Soy de esas que se llaman "negros", es decir yo escribo y otro se lleva el éxito y los beneficios, y ¿a cambio  de qué? de poco dinero que te permite tan solo ir tirando día a día.


Me hice una promesa a mí misma: cuando sea famosa y gane dinero, lo primero que haga será hacer un largo viaje recorriendo el pais. Era lo que más ansiaba, no sé porqué, pero aquí estoy, subida en un tren de lujo y recorriendo gran parte de Irlanda. Casi todo el dinero que me han dado por mi novela lo he invertido en este viaje.  Me queda lo justo para vivir sin apuros durante una temporada, y después, si la inspiración me abandona y no puedo escribir, ya veré lo que hago.  Pero ahora vivo el momento,  y mi momento es éste.

Mi nacimiento fue en un lugar mágico de los muchos que existen en Irlanda : Connemara, en el seno de una familia modesta que sólo pudieron costear para mi educación un bachillerato en una escuela pública.  Perdí a mi madre cuando tenía dieciocho años .

Trabajaba en una editorial de medio pelo, pero que allí aprendí todo lo que sé de este oficio.  Andando el tiempo a base de leer todo cuanto llegaba a mis manos, conocí todos los recovecos de la literatura, y a escondidas, antes de dormirme por las noches, comencé a hacer mis pinitos con un cuento para niños, por cierto fue malísimo; no me atreví a decírselo a nadie, ni siquiera a mis más allegados. 

A los dos años de morir mi madre, la siguió mi padre, y de esta forma me quedé sola en el mundo. Me las tuve que valer por mis propios medios y como con el sueldo de la editorial no me alcanzaba, me busqué otro trabajo en las horas que tenía libres.

No hacía grandes dispendios.  Aún con los dos trabajos, había veces que me alcanzaba raspando el terminar el mes. No salía a ningún sitio: ni cines, ni cafeterías, ni nada que alterase mi presupuesto.  Por tanto, tampoco tenía amigos, ni siquiera los compañeros de la editorial ya que mi presupuesto no daba para alternar ni siquiera para una cerveza.

La pérdida de mis padres supuso para mí un mazazo en mi vida. No tenía ni primos, ni tíos, ni a nadie a quién recurrir. Ahora, cumplidos   los treinta, y después de las zarpas que la vida te clava, sé que mi padre murió de pena al perder a mi madre. Se amaban profundamente y nunca se separaba uno del otro.

A veces, desde mi habitación escuchaba su relación de amor a pesar de hacer tiempo de casados. Yo sonreía indulgente y pensaba que cuando fuese mayor y me casase, desearía que mi marido permaneciera enamorado de mí pasando el tiempo, y que me amase como mi padre amaba a mi madre, que me desease como él deseaba a mi madre. Que compartiera todo conmigo como ellos lo hacían día a día. 
El día de su aniversario, nunca la faltaba una rosa roja, porque para un ramo, el presupuesto no daba. Pero esa flor llevaba consigo un cargamento de amor y sacrificio, porque para comprarla, mi padre estuvo sin fumar durante una semana, y ¡eso que era sólo una flor! Pero lo que encerraba esa ofrenda valía más que todo el oro del mundo.

 Yo también me quedé muy desorientada al morir mi madre. ¿ Con quién hablaría de las cosas de la vida, cuando algún joven me pretendiera ? ¿ Cómo debiera ser mi comportamiento ante el primer beso?  Ni pensar en hablarlo con mi padre, así que me las tuve que ingeniar para no caer en las falsas promesas que te suelen hacer los muchachos a esa edad en que no sabes nada y crees saberlo todo.

Y poco a poco me fui cerrando en mi caparazón, hasta convertirme en una chica triste, aburrida y hasta antipática.  El último golpe fue la muerte de mi padre. Estuve una temporada que iba sonámbula por la calle, desorientada, sin saber qué hacer. A la salida del trabajo, me dirigía a un parque cercano y allí me sentaba en un banco a ver pasear a la gente. La casa se me caía encima. 
Pero cuando llegó el invierno dejé de acudir  lamentándolo mucho. El esplendor de ese lugar era una maravilla, principalmente en otoño, cuando los árboles se vuelven dorados, y rojos algunos de ellos, y otros adquieren un color rosado. En el estanque, los cisnes y patos nadaban majestuosos, ajenos a la vida humana.

Sería una de  aquellas tardes, la última, hasta pasado el invierno, aunque a veces en esa época del año, me gustaba acudir y pisar la nieve, y escuchar su chirrido bajo mis pies. Después llegaba a casa congelada de frio y con un plato de sopa me metía en la cama castañeteando mis dientes.  Ni siquiera podía permitirme el lujo de encender la chimenea: el gas era muy caro.

Y así transcurría mi tiempo hasta que un día el editor jefe, me dio a corregir unos folios de una novela de algún autor desconocido hasta entonces, pero era recomendado a la editorial por un amigo del editor. Parece ser, o eso es lo que me dijo, que él no tenía tiempo. ¿ Cómo era que confiaba en mí? Pues lo hizo, y esa fue la primera vez que me di cuenta de que lo mío era ese oficio, que lo que me parecía horrendo de mis escritos, era bastante mejor que lo que estaba leyendo de ese recomendado.

Y por las noches, cuando llegaba de trabajar, me impuse la tarea de escribir un par de folios de algo, lo que fuera; quizá mi diario en segunda persona.  De este modo nadie sabría que narraba mi propia vida, ya que argumento para ello tenía de sobra.  Y ahí empezó todo. Pero habrían de transcurrir muchos meses, muchas ilusiones rotas, muchas esperanzas perdidas, hasta que vi publicado mi primer relato corto, que mostré al editor de mi trabajo, y fue él quién me animó a extenderme más, a hacer un relato más grande y con más intensidad. Me puse manos a la obra con todo mi entusiasmo.

Y los recuerdos me traen de regreso hasta este tren. Sigo mirando el paisaje, pero sintiendo que alguien también observa, pero es a mí. Probablemente haya hecho algún gesto, o movido los labios hablando conmigo misma, porque lo que se dice belleza para fijarse en mí, ni hablar. Era esa sensación como si alguien te clavara la vista en algún punto de tu cuerpo. Me sentía incómoda, así que disimuladamente, recorrí con la vista la estancia y vi que había una pareja algo mayor charlando en una mesa casi contigua a la mía.  Otra mujer de unos cincuenta leyendo más allá, y en un rincón al final del vagón un hombre algo mayor que yo, que fumaba tranquilamente apurando un vaso de whisky. Pensé que sería él, pero al dejar el vaso sobre la mesa, observé que leía tranquilamente el periódico.

- Apreciaciones mías - me dije-, y volví la vista hacia el paisaje nuevamente.

 Noté que aminoramos la marcha, y en el horizonte se divisaba la silueta de una estación.  Era un entorno bellísimo en que los árboles se mezclaban en tonos verdes intensos con una amalgama de colores,  según la especie arbórea. Un prado totalmente verde y otro amarillo, en el que las espigas, no sé si de cebada o trigo, se cimbreaban con el aire. A un tiempo, por un altavoz, se escuchaba la amable voz de una azafata indicándonos el nombre del pueblo por el que íbamos a pasar y a continuación que el comedor estaba abierto para el almuerzo.  Me levanté para dirigirme allí. Tenía que pasar por delante del hombre del periódico, que seguía impasible con su lectura.


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Edición<   Noviembre 2020
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